Comentario
Domingo 7 marzo 2010

Lc 13,1-9
Ojalá escuchen hoy su voz

La Palabra de Dios fue dirigida al ser humano en su propia lengua para revelarle el sentido de su vida y de la historia humana. En la Palabra de Dios, sobre todo, en el Evangelio, debemos encontrar la respuesta a todos nuestros interrogantes. En un comentario al Evangelio como éste, no podemos ignorar un hecho tan traumático como el terremoto que ha azotado a gran parte de nuestro país. Muchos perdieron la vida; para muchos otros fue tal vez el momento más cercano a la muerte que han vivido. Ha significado una seria perturbación en la vida nacional. ¿Tiene algún sentido o es puro azar? ¿Qué sentido tiene?

Lo primero que debemos decir es que Dios no está ajeno a este hecho. Su dominio sobre todo lo que ocurre es completo, sobre todo, en lo que se refiere al ser humano. Para expresar esta verdad Jesús usa imágenes expresivas tomadas de la vida cotidiana: «¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están todos contados» (Mt 10,29-30). Nadie sabe cuántos cabellos tiene en su cabeza; Dios lo sabe. El terremoto fue harto más grave que la caída a tierra de un pajarillo. No pudo haber ocurrido sin el consentimiento de Dios.

Si es así, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué nos quiere decir Dios? Es la misma pregunta que responde Jesús en el Evangelio de este Domingo III de Cuaresma. Hab-ía ocurrido en esos días un hecho de sangre con horrible profanación del templo y vienen a contarselo a Jesús: «Llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios». ¿Por qué permite Dios que mueran esos galileos? Ante ese hecho criminal el mismo Jesús agrega un hecho de muerte fortuito: el derrumbe de la torre de Siloé sobre dieciocho hombres, matandolos. Jesús reúne ambos hechos dandoles el mismo sentido: «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas?... ¿piensan ustedes que esos dieciocho eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?». La respuesta clara de Jesús ante ambos hechos es: «No». Esos hombres no sufrieron eso porque fueran más culpables que los demás; los demás galileos y los demás habitantes de Jerusalén, los que no murieron en esa forma, eran tan culpables como ellos. La muerte de aquellos debe entenderse, entonces, como una advertencia: «Si no se convierten, perecerán todos del mismo modo». La advertencia es insistente dado que Jesús la repite dos veces.

El sentido que encuentra Jesús en esos hechos –uno execrable, el otro fortuito– es una advertencia de Dios para que los hombres enmienden su conducta, se conviertan y vivan. Esta es la voluntad de Dios desde siempre: «Por mi vida, oráculo del Señor Dios, que yo no me complazco en la muerte del pecador, sino en que se convierta de su conducta y viva. Conviertanse, conviertanse de su mala conducta» (Ez 33,11). Esta advertencia ya estaba formulada en los profetas; pero no bastaba, y nosotros seguíamos ignorando a Dios en la vida pública, haciendo caso omiso de su ley y viviendo como si Dios no existiera o como si no tuvieramos necesidad de Él. Todo el país estaba demasiado afanado e interesado en cantantes, modelos y artistas, como si en ellos se encontrara la salvación y la vida.

La advertencia de Dios es un acto de amor: «Yo a los que amo los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y conviertete» (Apoc 3,19). Tal vez habíamos superado ya al punto de la parábola que propone Jesús en la segunda parte del Evangelio de hoy: «Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala». A nosotros se nos repite hoy lo que siempre se ha dicho al pueblo de Dios: «Ojalá escuchen hoy su voz, no endurezcan el corazón» (Sal 95,7-8).

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles